La biomasa, clave contra el cambio climático

La biomasa es un elemento clave para la captura de CO2 emitida a la atmósfera por la actividad del hombre. Recientes investigaciones han desvelado la importancia de la biomasa marina en la lucha contra el cambio climático.

Estamos hablando de ecosistemas costeros: algas, corales, manglares y otras muchas especies subacuáticas que podemos encontrar en las playas de todo el mundo. Y también mar adentro, los sargazos o la posidonia mantienen una actividad vital de cara a capturar el CO2 que el hombre emite a la atmósfera.

Un informe realizado entre distintas instituciones de Naciones Unidas señala que la biomasa marina captura el 55% del total del CO2 capturado en el mundo, y eso a pesar de representar sólo el 0,05% de la biomasa total. Es decir, que capturan CO2 cien veces más rápido que la biomasa terrestre.

Esta actividad, este material, se considera por consiguiente vital en la lucha contra el cambio climático. Algunas medidas están revalorizando por ejemplo las algas marinas, al considerarlas un cultivo para la producción de energía. Para bien y para mal, este valor garantiza que el hombre aproveche las algas que aparecen en la playa, ya muertes, o que las cultive y garantice su supervivencia, y se interese por todo aquello que puede ofrecerle.

Para bien este interés, para mal que a menudo el impulso científico sólo se centre en aquellos elementos que sirven directamente a una cuestión económica.

El problema que padece la biomasa marina es, por otra parte, su degradación. Y no estamos hablando de una cuestión menor. La actividad inmobiliaria costera, los desechos arrojados al mar, la pesca abusiva y de arrastre, y otras actividades incontroladas han producido un daño que podría ser irreversible.

En el presente, el 60% de los principales ecosistemas marinos está bajo peligro de desaparecer, causado por un uso insostenible de sus recursos, o bien porque ha sufrido una degradación severa.

Los últimos datos indican que en el medio ambiente ya se pueden encontrar 450 ppm de CO2, y que parte de ese carbono es retenido por los océanos, con un doble efecto. Por una parte, retiene CO2 e impide que los valores sean más altos -e incompatibles con la salud del hombre-. Sin embargo, el CO2 retenido es liberado más lentamente y a largo plazo, lo que también ralentiza la disminución de este elemento en la atmósfera. Aunque señalamos el CO2, hay que recordar que existen muchos otros elementos tóxicos que están cada vez más presentes en el aire que respiramos, y que son responsables de multitud de casos de cáncer en Occidente.

Esta situación empieza a considerarse irreversible y los científicos han avisado de que en algunos sentidos deberemos adaptarnos, ya que es imposible actuar a corto y medio plazo sobre esta contaminación. Además, en caso de que empezara a realizarse con fuerza la transición energética hacia las energías renovables -el principal de los factores claves contra el cambio climático-, ya se prevé que las mediciones superen las 600 partes por millón de CO2 en el ambiente.

No es de extrañar que, ante esta situación, se hayan puesto en marcha distintas medidas a nivel internacional para paliar esta situación. La más importante es la Iniciativa Carbono Azul. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y la Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO lideran esta iniciativa para la conservación de los ecosistemas marinos. Con ellas colaboran distintos gobiernos, instituciones y organismos, pero sigue faltando una verdadera conciencia ambiental.

Algunas de estas medidas es impulsada por el grupo Factor CO2 que ofrece soluciones energéticas, organiza jornadas de difusión medioambiental y gestiona proyectos de reducción de carbono, entre otros.

La protección de los bosques y de la biomasa marina es fundamental para la supervivencia del hombre, a largo plazo. Lo cierto es que no hay otra manera de decirlo sin faltar a la verdad. Habrá que implicarse en esta materia al máximo.

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