Estados Unidos consume un 87% de la energía de fuentes no renovables

La Administración Internacional de Energía (EIA por sus siglas en inglés) ha publicado hoy mismo una evolución histórica del consumo de energías, organizado por fuentes, tiempo y cantidades consumidas, y el papel de las renovables resulta poco más que ambiguo.

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Primero lo bueno.
La EIA confirma la veracidad de parte del reciente discurso de Obama en materia energética. En comparación con el petróleo y el gas natural, las renovables ganan peso de una manera importante.

El petróleo aporta 5 cuatrillones de Btu menos en los últimos años, con un punto de inflexión dramático para el sector, que alcanzó un máximo histórico antes de hundirse irremisiblemente. La caída se ha escenificado diferente.

Un destino peor para el carbón, que con la crisis ha perdido su rumbo completamente. Los impactos en la prensa hablan constantemente de pérdida de competitividad frente a otras tecnologías y aumento de los precios, lo que ha terminado por hundir su aportación en estos últimos años, con un descenso superior a los 8 puntos.

Siguen las buenas noticias -aunque de manera moderada, la situación no es ni mucho menos la deseable- mirando la aportación de la energía nuclear, que si bien no se ha visto afectada por el peso de la crisis en lo que a aportación se refiere, sí que se puede comprobar que su aportación energética está decreciendo suavemente.

Este panorama de energías contaminantes cediendo su aportación energética se complementa con la otra parte de la moneda. El gas natural, una energía más limpia que las anteriores pero no renovable, ha aumentado su aportación energética de manera significativa, lo que confirma su papel como puente en la transición hacia las renovables. O al menos, no desmiente las tesis. La crisis económica occidental le ha sentado de maravilla y repunta después de un período de declive.

Y el último dato significativo. Renovables como la eólica y la solar, en conjunto, aumentan su aportación energética, acercándose a los 5 quatrillones de Btu y liderando el nuevo auge de las renovables. Llegados a este punto, releer el discurso de Obama apostando por las renovables resulta, como menos, tranquilizador.

Ahora lo malo.
Pero hay un aparte después de ese punto. Estados Unidos es la economía del mundo que más ha contribuido al cambio climático, con su agresiva política de impulsar el consumo y, por ende, las energías. Es normal que ahora se mire con lupa qué va a hacer de cara al futuro. Y hay dudas. La biomasa, que en otras partes del mundo es considerada parte vital de la apuesta por las renovables, parece no colegiar con este clima favorable a las energías limpias. La aportación energética de la madera parece insensible al nuevo paradigma y su curva indica un descenso suave, pero sostenido. En materia de biomasa, tal vez los inversores deban mirar a otros puntos del mundo, porque el interés del país estadounidense es más bien frío.

La misma tendencia sufre la hidroeléctrica, un motor energético tan importante en otras zonas del mundo. Sin ir más lejos, en España la hidroelétrica es aún hoy la energía renovable con más músculo, por delante incluso de la eólica, si atendemos a los últimos datos ofrecidos por fuentes ministeriales.

En la última década, el 87% de la energía en EE.UU. procede de fuentes no renovables: petróleo, gas natural y carbón. Dos de ellas son las principales responsables del cambio climático, con emisiones desorbitadas de CO2 al medio ambiente. Y la EIA, que es quien ofrece estos datos, prevé que las cosas no cambien en el futuro.

De hecho, el Annual Energy Outlook de este año, que plantea análisis y examina las tendencias, prevé que, con el actual marco regulatorio la dependencia energética de Estados Unidos respecto del petróleo, el carbón y el gas natural seguirá por encima del 75% en 2040.

Y no estamos hablando de un problema que sea su problema. El cambio climático es un asunto global. Y la economía, cada vez más, también.

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